Empezó siendo un error, de esos que todos alguna vez hemos cometido.
Me cegó la codicia. Ansiaba tenerlo.
Tanto, que olvidé dejar de nuevo el corazón en esa caja pandoriana que siempre había velado por mi, que nunca dejaba que me astillase.
Me llamé tonta. Me creí perdida.
Entonces lo vi.
Lo curioso es que ya nos habíamos mirado antes, pero no logramos vernos. Habíamos empezado la partida con una venda en los ojos. No podíamos ganar. No sabíamos hacerlo.
Pero ahora lo veía. Ahora si podía verlo.
Y lo que vi...lo que vi me rescató del infierno.
Alcé las manos, deseosa de aquél tacto que sabía que podría reiniciarme. Alcé la mirada a esos ojos de color tierra fértil, preparados para ser sembrados sobre todo aquello que estuviese roto. No los miré.
Los vi.
Y por eso ahora estoy a salvo.
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