jueves, 10 de marzo de 2016

Extraño.

Era extraño, de la forma en la que lo era todo aquello que yo necesitaba cerca para sobrevivir. Extraño, porque era capaz de arrancarme suspiros de felicidad y angustia a partes iguales; extraño, porque definía mi existencia con su sola presencia. Extraño, porque el fulgor de su mirada era capaz de iluminar cualquier abismo. Extraño, porque el calor de sus abrazos cobijaba de la misma forma en que lo haría la más confortable cabaña al abrigo del sol.

Todo su ser era pieza clave de mi maquinaria, y yo era presa fácil de cada una de sus miradas, dedicadas sin descanso, a intentar hacerme caer. 

Y yo volvía, ilusa, a mirarme en sus pupilas como movida por la inercia de esas pestañas, revoltosas, que buscaban, deseosas, desmontar mi intengridad. 

Y yo regresaba, ingenua, reflejada en sus ojos como en agua turbia.