martes, 2 de enero de 2018

He comprendido, después de todo, que el corazón siempre se queda donde se siente a salvo. 
Que el paracaídas sólo se abre con el tacto de las manos correctas, y la caída nunca es en picado cuando son los brazos adecuados los que te sostienen.
A pesar del daño, y de los tropiezos, sigo creyendo en la magia de los encuentros. De los no finales, y del amor eterno. Sigo creyendo en el querer por querer, sin pedir nada a cambio, por el simple placer de sentir algo tan puro dentro, el corazón estallando de júbilo y el alma en paz, serena y llena de luz.
Sigo creyendo en que existe un hogar dentro de otra persona para cada uno de nosotros. Un chocolate caliente, una manta frente al fuego y un buen libro. La compañía de quien nos abriga en los momentos de zozobra y de quien celebra con nosotros los momentos de felicidad. El sentimiento embriagador de no saberse de nadie más que de uno mismo y de ese instante en el que te miras en los ojos de tu persona, y te observas inmenso, imparable, invencible. 
Y de todos los momentos que atesoro en el paraíso que somos él y yo, me quedo con nosotros. Con cuando somos uno. Con ese torbellino de sensaciones que me arrasa cada vez que nos rozamos, y esa sensación de plenitud que logro cada vez que traigo a mi memoria nuestro primer beso. 
Juntos, podemos ser cualquier cosa. Cuando nos queremos, somos infinitos. 
Y no hay nada en este mundo que yo desee más, que a él.
Y si vivimos más vidas después de esta, yo cruzaré cualquier circulo del infierno con tal de volver a encontrarle.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Creíamos en el amor roto. En los recovecos en el corazón como firme sentencia de muerte por latidos. En la condena eterna de dos amantes destinados a encontrarse en un camino de karma constante, de daños colaterales, de martirios interminables, de calamidades, de vacío y huecos.
Creíamos en el dolor.
Por eso fue tan puro encontrarnos. Volver a ver el fuego de los que veían de nuevo el calor de un abrazo en los ojos del otro. El refugio. El hogar.
Construimos ladrillo a ladrillo un fuerte tan poderoso y resistente que desde fuera todos observan con recelo y cierto desaire. Somos tan tú y yo juntos, que podemos ser cualquier cosa.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Volátiles. Así eran antes de conocerse. Distantes, equidistantes. Cambiantes y rotos. 
Volaban demasiado alto sin que eso fuese malo, pero casi nunca se quemaban porque su fuego no ardía con la pasión de un corazón que ama. 
Demasiado ocupados con esos pájaros que no les dejaban ver.
Totalmente cegados por la máscara.
Cabizbajos. Diezmados. Cenicientos y dañados. Tan queriendo huir pero sin ir a ningún sitio realmente. Atrapados en el bucle del no retorno, de los besos emponzoñados y las mentiras enbadurnadas en falso amor.
No fue hasta que se encontraron que vieron el destello.
No fue hasta que se miraron, que volvieron a creer.




domingo, 10 de diciembre de 2017

El latir de una rosa al florecer de nuevo. Así me siento.

Nueva. Reluciente. Ya no caigo. No soy la inercia de ese acantilado en punta que ve como sus afilados picos caen sin descanso hacia una muerte casi segura. No soy huida. No soy el descenso a los infiernos que creí sentir en mis venas aquellas noches oscuras en las que la única salida que encontraba a mi dolor era no querer seguir existiendo.


Ahora, soy lucha.

Soy todo aquello que amo.

Soy el sonido de la risa de mi madre. El abrazo de mi abuela cada cumpleaños, o la mirada llena de amor de mi tía cada vez que siente orgullo por mi. Las caricias de mi pareja, sus manos cada vez que sus palmas se posan sobre mi y la corriente eléctrica que me produce su tacto cuando me atraviesa la columna vertebral.

Ahora, soy vida.

Y me siento viva. No quiero volver a los tiempos en los que todo era yermo y seco, tierra seca donde sólo podía sembrarse caos y dolor. Sólo quiero seguir existiendo en un mundo donde siga pudiendo creer que el amor puede arreglarlo todo, y la música sea el bálsamo para todo el mal.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Nos tenemos.
No somos verbo conjugado en ninguna forma.
No salimos de la pluma de Bukowski ni de ninguna letra de Sabina, y sin embargo nos queremos con la misma intensidad que desgarran sus poemas y destilan sus canciones. 
Y aún nos preguntan si nos queremos.
Cómo si pudiéramos hacer otra cosa en este estúpido mundo que no fuera eso.
Y nos miramos, y sanamos.
Y cuando todo son dagas, y cuchillos llenos de veneno y dolor, nosotros somos la cura del otro.
Y cuando todo lo demás conspira para separarnos, nosotros somos nuestra casa.
Tú, y yo. 

Podrán volver los tiempos en el que el dolor parezca eterno; en el que la oscuridad parezca no tener fin y el final parezca finito. Pero te prometo, amor, que en todos los caminos, estaré contigo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Caída en picado. En eso me convertí. En un descenso constante al infierno.
Era la crónica constante de mi propia muerte anunciada. El titular en negrita del periódico que cada mañana reposaba en el resquicio de las puertas. "Ya no va a volver".
Y no lo hacía. Jamás regresaba. Era la huida sin retorno de la que se va con el miedo a mirar atrás y verse reflejada en los ojos de quienes creyeron que se salvaría.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Las chicas fuertes lloran, y están en todas partes.
Sentadas en la parada de autobús más cercana, o haciendo cola mirando sin mirar en la entrada de cualquier cine. Paseando a tu lado por la calle, en la última fila de clase, aquí.
Pueden sonreír entre una multitud que finge querer de verdad, y aún así será su sonrisa y no ninguna otra, la que reluzca entre tanto corazón vacío.
Y también puede que a veces callen demasiado y lo escondan todo por miedo a volver a sentir dolor, y al mismo tiempo alejen todo aquéllo que las hace felices porque no creen merecerlo.
Las chicas fuertes son una contradicción constante, cambiantes, distantes; son luz y oscuridad a partes iguales, y no cualquier incauto puede entender esa dualidad y salir vivo de ella.
Tienen el alma hecha de metacrilato, y las lágrimas pesan.
Las chicas fuertes lloran. Ellas.
Y no les importa lo más mínimo mostrarse vulnerables, porque por dentro tienen la maquinaria necesaria para no rendirse jamás.