jueves, 14 de diciembre de 2017

Volátiles. Así eran antes de conocerse. Distantes, equidistantes. Cambiantes y rotos. 
Volaban demasiado alto sin que eso fuese malo, pero casi nunca se quemaban porque su fuego no ardía con la pasión de un corazón que ama. 
Demasiado ocupados con esos pájaros que no les dejaban ver.
Totalmente cegados por la máscara.
Cabizbajos. Diezmados. Cenicientos y dañados. Tan queriendo huir pero sin ir a ningún sitio realmente. Atrapados en el bucle del no retorno, de los besos emponzoñados y las mentiras enbadurnadas en falso amor.
No fue hasta que se encontraron que vieron el destello.
No fue hasta que se miraron, que volvieron a creer.




domingo, 10 de diciembre de 2017

El latir de una rosa al florecer de nuevo. Así me siento.

Nueva. Reluciente. Ya no caigo. No soy la inercia de ese acantilado en punta que ve como sus afilados picos caen sin descanso hacia una muerte casi segura. No soy huida. No soy el descenso a los infiernos que creí sentir en mis venas aquellas noches oscuras en las que la única salida que encontraba a mi dolor era no querer seguir existiendo.


Ahora, soy lucha.

Soy todo aquello que amo.

Soy el sonido de la risa de mi madre. El abrazo de mi abuela cada cumpleaños, o la mirada llena de amor de mi tía cada vez que siente orgullo por mi. Las caricias de mi pareja, sus manos cada vez que sus palmas se posan sobre mi y la corriente eléctrica que me produce su tacto cuando me atraviesa la columna vertebral.

Ahora, soy vida.

Y me siento viva. No quiero volver a los tiempos en los que todo era yermo y seco, tierra seca donde sólo podía sembrarse caos y dolor. Sólo quiero seguir existiendo en un mundo donde siga pudiendo creer que el amor puede arreglarlo todo, y la música sea el bálsamo para todo el mal.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Nos tenemos.
No somos verbo conjugado en ninguna forma.
No salimos de la pluma de Bukowski ni de ninguna letra de Sabina, y sin embargo nos queremos con la misma intensidad que desgarran sus poemas y destilan sus canciones. 
Y aún nos preguntan si nos queremos.
Cómo si pudiéramos hacer otra cosa en este estúpido mundo que no fuera eso.
Y nos miramos, y sanamos.
Y cuando todo son dagas, y cuchillos llenos de veneno y dolor, nosotros somos la cura del otro.
Y cuando todo lo demás conspira para separarnos, nosotros somos nuestra casa.
Tú, y yo. 

Podrán volver los tiempos en el que el dolor parezca eterno; en el que la oscuridad parezca no tener fin y el final parezca finito. Pero te prometo, amor, que en todos los caminos, estaré contigo.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Caída en picado. En eso me convertí. En un descenso constante al infierno.
Era la crónica constante de mi propia muerte anunciada. El titular en negrita del periódico que cada mañana reposaba en el resquicio de las puertas. "Ya no va a volver".
Y no lo hacía. Jamás regresaba. Era la huida sin retorno de la que se va con el miedo a mirar atrás y verse reflejada en los ojos de quienes creyeron que se salvaría.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Las chicas fuertes lloran, y están en todas partes.
Sentadas en la parada de autobús más cercana, o haciendo cola mirando sin mirar en la entrada de cualquier cine. Paseando a tu lado por la calle, en la última fila de clase, aquí.
Pueden sonreír entre una multitud que finge querer de verdad, y aún así será su sonrisa y no ninguna otra, la que reluzca entre tanto corazón vacío.
Y también puede que a veces callen demasiado y lo escondan todo por miedo a volver a sentir dolor, y al mismo tiempo alejen todo aquéllo que las hace felices porque no creen merecerlo.
Las chicas fuertes son una contradicción constante, cambiantes, distantes; son luz y oscuridad a partes iguales, y no cualquier incauto puede entender esa dualidad y salir vivo de ella.
Tienen el alma hecha de metacrilato, y las lágrimas pesan.
Las chicas fuertes lloran. Ellas.
Y no les importa lo más mínimo mostrarse vulnerables, porque por dentro tienen la maquinaria necesaria para no rendirse jamás.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Yo soy mi parte oscura. No hay pequeñas rendijas a mi alrededor que dejen que se cuele la luz. 
No. 
No hay luz. Ni filtros. 
Yo soy mi parte más oscura.

La lucha constante entre el dolor y la pérdida. El horror de saberme muerta por dentro, putrefacción y ganas límites de acabar con todo. El descorazonador pensamiento de que nada jamás será suficiente para paliar el llanto. Soy todo lo que nunca fui y lo que jamás seré por miedo a intentarlo; por el miedo a cavar mi propio desierto estéril y que nadie me salve.
La que lucha contra los demonios ajenos y acaricia a los propios. La que se revuelca en su propia mierda mientras batalla día a día por rescatar a los demás del vacío.
Esa soy yo. La que se tira voluntariamente por el hueco de ascensor. La que se lanza con los brazos abiertos por cualquier acantilado con la seguridad de que así acabará abrazando la paz. La que cierra los ojos deseando no volver a despertar.
Pero despierto. Y vuelvo a no reconocerme cuando la extraña me devuelve la mirada en el espejo. Y vuelvo a recrear en mi cabeza mil y una formas de no existir porque no le encuentro sentido. Vuelvo a no quererme porque no sé quien soy. Vuelvo a no querer estar en esta piel porque me arde.
Soy el coraje que me falta para salir de aquí, y el arrepentimiento de no haber vivido. El atronador estallido que produce mi corazón cuando grita pidiendo auxilio, y el auto-boicot al que me someto cada vez que atisbo cualquier rastro de esperanza. Todo aquéllo que callo por miedo a que alguien me oiga y sienta pena por mi, por esto en lo que me he convertido y que tanto lucho por ocultar. 

La máscara a veces se desliza, pero yo soy más fuerte.

En mi interior soy un hervidero de pensamientos que consumen, gritos que desgarran y manos que sueltan. Un corazón a medio hacer, huecos en el epicentro de lo que debería ser mi órgano rey, canciones inacabadas y versos tristes, ojos vacíos y abismos insalvables. Soy aquello a lo que juré enfrentarme; soy el dolor.

La máscara a veces se desliza.
Pero yo soy más fuerte.

martes, 21 de noviembre de 2017

Él.

Era todo aquello que siempre me había dado miedo. 
El aleteo desbocado de un corazón sin tregua. Los ojos oscuros de quien ha visto demasiado y aún así, se queda. El puente a medio hacer entre lo adecuado y el deseo. La lucidez del que se vuelve loco y la locura del que se cree cuerdo. El amor en los tiempos del "nunca será suficiente". El amanecer lacónico de una mirada que no encuentra su hogar. El desierto que son sus manos al no hallar la piel correcta. El acantilado de emociones contenidas que atraviesa su tráquea. La rotundidad de su voz al gritar mi nombre.
Era todo aquello que me erizaba la piel y me dejaba en estado de alarma.

¿Y si no volvía a verlo? ¿Y si jamás podíamos ser?

Fue mi sorprendente excusa para no huir; fue el pretexto perfecto para quedarme.