martes, 22 de octubre de 2013

-Yo no creo en el amor.

-¿No crees?-preguntó Juliet, evitando mirarle directamente a los ojos-¿quién no cree en el amor?
Nate seguía rompiendo trozos de césped con los dedos, y también evitaba el contacto visual.
-Alguien que no ha tenido nunca la necesidad de aferrarse a otro alguien, o a algo, para poder seguir adelante. Nunca he sentido que alguna parte de mi le perteneceria a nadie más que a mi mismo.
Juliet rió por lo bajo. Nate esta vez si que se giró para mirarla. 
-¿Qué te hace tanta gracia?-quiso saber, frunciendo el ceño.
Juliet alzó la cabeza, y las miradas de ambos se encontraron. Los ojos de ellas, marrones como la tierra, puros y limpios; los de él, verdes bosque, impregnados de libertad y furia. No tenían nada en común, y aún así, cada vez que se miraban, sentían una extraña conexión, como si se conocieran desde siempre. Era algo raro, ya que no hacía ni tres días que sus caminos se habían encontrado por primera vez. Por ello, ambos evitaban mirarse más de lo necesario. A ambos les abrumaba esa extraña sensación.
Ella cruzó los brazos y ladeó la cabeza, observándole con curiosidad.
-Nada, sólo..-entrecerró los ojos y se mordió el labio, impaciente-¿en que crees, entonces?
A Nate la pregunta le pilló por sorpresa. Juliet lo supo por la forma en que se le abrieron los ojos de repente, como cuando te clava un cuchillo en el corazón la persona que menos puedes esperar que te traicione.
-Bueno..-comenzó, rascándose la nunca y arrugando la frente-creo en el valor. En el valor y la lucha. En el valor y el coraje. Creo en que hay que luchar para seguir adelante. Sólo con la lucha se obtiene recompensa- Juliet seguía mordiéndose el labio, dejando escapar una pequeña sonrisa que hizo que se le arrugara la piel de alrededor de los ojos. Mientras la observaba, Nate se dijo que nadie nunca le había mira así, como queriendo saber de él más de lo que se limitaba a mostrar a todos- ¿por qué te ríes? ¿Qué te hace tanta gracia?
-Que te engañas a ti mismo-respondió ella, entrelazando las manos en el ragazo-Dices que no crees en el amor, en la sensación de pertener a otra persona, o incluso a algo, sea lo que sea que despierte algo de afecto en ti, y sin embargo dices que crees en el valor, el coraje y la lucha. Te contradices a ti mismo, Nate.
-¿Contradecirme?-Nate se puso en pie de un sólo movimiento, y se apoyó en el tronco de un viejo roble, la única compañía que tenían a varios kilómetros a la redonda.-No entiendo que quieres decir con eso de que me contradigo a mi mismo, pero tengo que decir que te equivocas, Juliet.
Juliet imitó al chico y se puso en pie con algo menos de agilidad, quedando frente a él. 
-¿Ah, si? ¿Eso crees? Dime algo, entonces. ¿De qué sirve creer en el valor, el coraje, la valentía y la lucha.. si realmente no tienes nada por lo que luchar?
Nate fue a replicar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. ¿Qué había hecho ella, ahora? ¿Por qué había sido capaz de entenderle más de lo que nadie en toda su vida había sido capaz de hacer? Siempre se había encargado de hacer pensar a los demás lo que quería que todos pensaran acerca de él. 
Y entonces llegaba Juliet, y en menos de tres días a su lado ya sabía más de lo que a él le gustaría reconocer. No pudo hacer otra cosa que seguir mirándola a los ojos, mientras las palabras de ella se calaban en su alma a fuego lento.
-Siempre hay algo que nos impulsa a seguir adelante Nate, siempre. Ya sea una persona, un recuerdo o incluso una meta. Siempre habrá algo a lo que amemos lo suficiente como para luchar por ello hasta el fin.

domingo, 20 de octubre de 2013

Condena.

Mi razón conoce corazones que ninguna verdad podría entender.
Conoce demasiados caminos sin bifurcación, demasiadas sendas sin salida.
Por eso a veces, intento aparcarla en el pedacito de alma que le tengo reservado.  
La razón no siempre es acertada, y tiene una fama que no merece.
¿Cuántas personas cayeron por hacer lo correcto en vez de lo que su corazón les gritaba?
¿Cuántas, se volvieron todo negro y gris porque perdieron la esperanza?
También se han cometido grandes locuras por la razón, y no todas ellas desembocaron en dicha.
Es cierto eso que dicen de que la felicidad se reserva sólo para los valientes, para los que se atreven a arriesgar... Pero también es cierto que todos aquellos que se arriesgan, lo hacen porque tienen algo que perder.
Por ello, nunca podremos ser completamente felices mientras exista ese algo (o ese alguien) por el que seríamos capaces de entregar nuestro último suspiro, por el que seríamos capaces de recibir cualquier castigo... Porque amar, nos hace débiles. Porque entregarle nuestro corazón a alguien, desvela nuestra debilidad.
Porque por mucho que lo queramos postergar, todos desechamos la lógica y nos abandonamos a la pasión, aún sabiendo que es ésta la última parada hacia el averno.
Porque amar, siempre significó condena...
Y condenarse toda la eternidad al lado de la persona que se ama... No concibo mejor castigo.


domingo, 13 de octubre de 2013

Necesidad.

Cuando despierto, lo primero que mis ojos alcanzan a ver es su rostro.
Tan descansado. Tan en paz.
Ni rastro de la tensión que acarreaban sus hombros horas antes, ni tampoco de aquél ceño fruncido, o de las arrugas en la comisura de la boca que siempre se le forman cuando está nervioso.
Ahora, sólo existe en él la dulzura de un sueño profundo, y la calidez que me produce su cercanía.
Siempre que le tengo tan cerca, me siento un poco menos sola. 
Es como si de repente, el mundo se me echara encima, protegiéndome de cualquier peligro o daño, capaz se sacrificar cada segundo por todo lo que yo conformo. 
Nunca podría cansarme del amor que su sola presencia me produce.
Ahora se retuerce un poco entre las sábanas. Su rostro se crispa. 
No puedo pensar en su sufrimiento, incluso si éste está producido por algo que no es real.
Me acerco un poco más a él y le acaricio la mejilla, intentando tranquilizarle con el tacto de mi piel.
Su respiración se acompasa a la mía en cuanto nuestros cuerpos se unen. 
Es como si estuviéramos echos el uno para el otro. Cómo si yo no pudiera vivir en un mundo donde él no existiera.
Me acerco un poco más, hasta que el hueco que produce su cuerpo al hacerse una bolita entre las sábanas encaja perfectamente con lo pequeña que resulto yo. 
En cuanto nuestros cuerpos se rozan, noto como los latidos de su corazón se acompasan a los míos, provocándome una sensación de amor total que no creo ser capaz de expresar con palabras.
Sus brazos se cierran instintivamente en torno a mi, y apoyo mi cabeza en el hueco de su clavícula, inspirando su olor, ese que sé que no olvidaré nunca.
¿Puede alguien acaso ser más feliz de lo que yo misma soy en éste preciso instante?
Entonces, por alguna extraña razón que aún no llego a comprender, e incluso estando de espaldas a él, sé que ha abierto los ojos. Que observa mi cabello y respira de él. Que me ama con la misma intensidad que yo lo hago. Que tampoco es capaz de imaginar una vida sin mi.
- Te amo - susurra, sus dedos buscando los míos, para entrelazarlos con dulzura. Para hacerlos uno solo. 
- Y yo a ti, mi amor - soy capaz de decir, embriagada por el aroma a 'no me sueltes nunca' que emana de sus brazos.