martes, 20 de marzo de 2018

Caen chuzos de punta tras la máscara, y sigo pensando que el invierno es demasiado eterno aquí dentro, y que el corazón ha latido demasiadas veces por manos que no supieron acunarlo.
Voy, y vengo, como un tiovivo de emociones eternas que no se cansan de recordarme que, aunque me recojan tras la tormenta, estoy sola. Sola, perdida entre recuerdos de mi yo pasado, la que era capaz de reconocerse en el espejo sin sentir vacío o vergüenza. Aniquilada por una fuerza mucho más poderosa que el amor que me desalienta y recuerda, de nuevo, que estoy sola. Que no formo parte de nadie porque no calo lo suficiente. Que no reparo ningún mundo ajeno porque yo misma sigo rota.
Camino y camino sin un rumbo fijo esperando por algún milagro que me haga recobrar la sonrisa; la de verdad. La que no tengo que fingir para hacer felices a los que amo. La que no tengo que fingir para engañarme más. Y lo único que encuentro son pedazos de mi antigua yo desperdigados por el frío suelo de mi memoria, el reflejo de alguien familiar que no termino de reconocer, porque nunca fui esa chica. Alcanzo a tocar los bordes de ese acantilado que un día fuimos mi máscara y yo, y arranco de una vez por todas lo que me negaba a abandonar por miedo a que se fueran.
Ahora soy esta chica. La que llora cada día. La que no tiene fuerzas pero lo intenta. La que ama de todas las maneras posibles y existentes aunque la vida se le escape. La que ya no huye de sí misma.
La que perdió la batalla.


No viví tantísimo tiempo en una falsa seguridad para ahora rendirme.
Me niego a morir.
Me arranco la máscara.




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