martes, 2 de enero de 2018

He comprendido, después de todo, que el corazón siempre se queda donde se siente a salvo. 
Que el paracaídas sólo se abre con el tacto de las manos correctas, y la caída nunca es en picado cuando son los brazos adecuados los que te sostienen.
A pesar del daño, y de los tropiezos, sigo creyendo en la magia de los encuentros. De los no finales, y del amor eterno. Sigo creyendo en el querer por querer, sin pedir nada a cambio, por el simple placer de sentir algo tan puro dentro, el corazón estallando de júbilo y el alma en paz, serena y llena de luz.
Sigo creyendo en que existe un hogar dentro de otra persona para cada uno de nosotros. Un chocolate caliente, una manta frente al fuego y un buen libro. La compañía de quien nos abriga en los momentos de zozobra y de quien celebra con nosotros los momentos de felicidad. El sentimiento embriagador de no saberse de nadie más que de uno mismo y de ese instante en el que te miras en los ojos de tu persona, y te observas inmenso, imparable, invencible. 
Y de todos los momentos que atesoro en el paraíso que somos él y yo, me quedo con nosotros. Con cuando somos uno. Con ese torbellino de sensaciones que me arrasa cada vez que nos rozamos, y esa sensación de plenitud que logro cada vez que traigo a mi memoria nuestro primer beso. 
Juntos, podemos ser cualquier cosa. Cuando nos queremos, somos infinitos. 
Y no hay nada en este mundo que yo desee más, que a él.
Y si vivimos más vidas después de esta, yo cruzaré cualquier circulo del infierno con tal de volver a encontrarle.

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