domingo, 10 de diciembre de 2017

El latir de una rosa al florecer de nuevo. Así me siento.

Nueva. Reluciente. Ya no caigo. No soy la inercia de ese acantilado en punta que ve como sus afilados picos caen sin descanso hacia una muerte casi segura. No soy huida. No soy el descenso a los infiernos que creí sentir en mis venas aquellas noches oscuras en las que la única salida que encontraba a mi dolor era no querer seguir existiendo.


Ahora, soy lucha.

Soy todo aquello que amo.

Soy el sonido de la risa de mi madre. El abrazo de mi abuela cada cumpleaños, o la mirada llena de amor de mi tía cada vez que siente orgullo por mi. Las caricias de mi pareja, sus manos cada vez que sus palmas se posan sobre mi y la corriente eléctrica que me produce su tacto cuando me atraviesa la columna vertebral.

Ahora, soy vida.

Y me siento viva. No quiero volver a los tiempos en los que todo era yermo y seco, tierra seca donde sólo podía sembrarse caos y dolor. Sólo quiero seguir existiendo en un mundo donde siga pudiendo creer que el amor puede arreglarlo todo, y la música sea el bálsamo para todo el mal.

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