miércoles, 29 de noviembre de 2017

Las chicas fuertes lloran, y están en todas partes.
Sentadas en la parada de autobús más cercana, o haciendo cola mirando sin mirar en la entrada de cualquier cine. Paseando a tu lado por la calle, en la última fila de clase, aquí.
Pueden sonreír entre una multitud que finge querer de verdad, y aún así será su sonrisa y no ninguna otra, la que reluzca entre tanto corazón vacío.
Y también puede que a veces callen demasiado y lo escondan todo por miedo a volver a sentir dolor, y al mismo tiempo alejen todo aquéllo que las hace felices porque no creen merecerlo.
Las chicas fuertes son una contradicción constante, cambiantes, distantes; son luz y oscuridad a partes iguales, y no cualquier incauto puede entender esa dualidad y salir vivo de ella.
Tienen el alma hecha de metacrilato, y las lágrimas pesan.
Las chicas fuertes lloran. Ellas.
Y no les importa lo más mínimo mostrarse vulnerables, porque por dentro tienen la maquinaria necesaria para no rendirse jamás.

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