Destinados a ser.

A encontrarnos. A volverlo a hacer. A elegirnos.
Destinados a mirarnos desde lejos pero tocándonos el alma tan fuerte como las cuerdas que me retenían y no me dejaban posarme en tu regazo.
Eres tú. Siempre has sido tú.
Aunque me negara en redondo a sentirte, tú siempre estabas. Inspirabas cada canción, cada verso, cada palabra encadenada y atascada en mi garganta en los momentos de renuncia.
Aunque mis pies caminaran en la dirección opuesta, mi corazón te persiguió desde el principio.
Jugamos al escondite porque la realidad era cruel, y devastada, yo no volví a encontrarte.
Hasta ahora.
Y es maravilloso. Porque existes. Porque vienes a mi mundo y lo encauzas, me levantas del suelo y me haces sentir que para volar no hacen falta alas.
Me devuelves las ganas de seguir viviendo.
Porque tú eres mi casa. Y hasta ahora, había estado perdida, deambulando entre tascas y antros de mala muerte creyendo que el amor era llorar hasta quedarme dormida y despertar pensando que todo iría a mejor.
Pero aquí estás. Enseñándome que amor es mirarnos a los ojos y encontrar un hogar. Observárnos en silencio y sonreír. Besarnos hasta que ya no quepa en sí la existencia de tanto fuego.
Te amo.
Y te prometo, te aseguro, que si hay más vidas esperándonos, yo te buscaré y te amaré en todas ellas.
Porque mi única razón, eres tú.
Siempre tú.

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