Notebook.

Siempre fui chica de pocas palabras y muchas, muchísimas letras.
Desde que empecé a diferenciar conceptos, expresar mis sentimientos en formato voz se tornaba completamente lejano y difícil; casi doloroso.
Puede que el miedo fuese el único culpable de mi poco arrojo a la hora de gritar a pleno pulmón cualquier sensación. Miedo al rechazo, a la mofa, al abandono... Miedo a no sentirme querida; a perderme en el oscuro abismo de la indiferencia.
¿Perdí? Puede. Puede que perdiera la oportunidad de conocer mucho más de lo que conocí.
Pero no me arrepiento.
Hice del cuaderno mi mayor aliado y a día de hoy, no me falla.
Puede que a veces discutamos. La verdad, hay días en los que ni él me soporta. Días en los que siento que, aunque parezca locura, se aleja de mi lenta, pero irrevocablemente. 
Otros días, sin embargo, no me da tregua.
Me acompaña hasta en las tareas más sencillas como levantarme de la cama o lavarme los dientes.
Es mi forma de decirle al mundo que estoy aquí. Que existo.
Que aunque no me prodigue de forma constante, sigo viviendo de la misma manera pasional y llena de luz.
Escribo cuando soy feliz, escribo cuando algo me marca de manera inevitable, y escribo cuando estoy absolutamente triste. Supongo que encuentro inspiración tanto en lo nuevo como en lo roto. Supongo, también, que eso me hace humana.
Le escribo a la vida, a la muerte, a la esperanza, al amor... Le escribo a todo aquéllo que me hace sentir, y eso incluye personas. Y puede que ninguna de ellas sepa jamás que escribo sobre todo lo que les concierne, pero, ¿y qué? Escribo porque es mi vía de escape, no para encender ningún fuego.
Encuentro inspiración en todo aquéllo que me hace vibrar el alma. La lluvia lo hace. Y el sonido del viento golpeando las ventanas. Lo hace la música.
Y es que creo firmemente que escritura y música están íntimamente conectados. Si no, ¿cómo puede ser que todo este torrente de sensaciones agazapadas en mi garganta estén escapando contra mi voluntad tecleadas por mis ansiosos y tímidos dedos? La respuesta es tan simple que hasta roza lo estúpido. Música.
La música le da alas a lo que siento.
Y si. Puede que yo no sea la mejor oradora, ni una buena compañía a la hora de mantener una magnífica conversación.
Pero creo fervientemente en mi forma de expresar lo que llevo dentro, y lo que siento cuando lo hago, sólo podría definirse como magia.
Encuentra tú a alguien que realmente, con la mano en el corazón (o el corazón en un puño) pueda decir eso.


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