Paradoja.

Nos hacen creer que sólo amaremos una vez en nuestra vida. Que las demás experiencias sólo valdrán para recordar aquello que dejamos atrás, sólido, y lleno de dudas.
Nos dicen que el destino nos guarda el regalo del verdadero amor, encerrando nuestras posibilidades en la jaula en la que nos ha tocado vivir.
Pero, ¿sabéis que?
Yo no me lo creo.
El mundo es tan inmenso y nosotros tan ridículamente pequeños, que el simple hecho de realmente pensar que sólo hay una persona para cada uno de nosotros, es una tremenda herejía.
Y qué si nos pasamos la vida intentando encontrar esa parte que nos falta.
Prefiero vivir anhelando el amor a creer vivirlo y despertar dentro de una pesadilla.
Y qué si alimentan nuestras ganas de amar con palabras vacías, llenas de huecos y falsas promesas.
Prefiero vivir con el dolor de no habernos encontrado a vivir presa de las mentiras de cualquier boca.
Solamente os digo que yo no me lo creo.
No puedo asumir que mi corazón esté limitado a un sólo pedazo de tierra, y no puedo no preguntarme si mi verdadera persona está ahí, sentada en cualquier azotea, mirando la misma luna y pensando en alguien que, paradojicamente, está escribiendo estás líneas con el pecho a punto de estallar.

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