Yo no quiero estar en otra piel.

Aún con todas mis batallas perdidas y sonrisas exterminadas, me quedo con quien soy.
Me gustar saber cuando algo va a provocarme una tristeza inmensa, o cuando mi corazón va a encogerse sin que nadie se de cuenta, sin que nadie pueda llegar a percibirlo.
No es saludable encerrar tanto sentimiento dentro, y sin embargo, no concibo más vida y realidad que esa como motor de todo lo que anhelo; como esperanza de todo por lo que un día yo luché.
A veces siento que algo no va bien en mi, que hay algún factor en mi que se estropeó por el camino, o que alguna pieza se desligó en mi evolución de niña a mujer. 
Es como si fuera toda yo un puzzle sin sentido en el que las instrucciones faltan, o están escritas en un idioma extraño y vasto. Como sí en realidad, nunca pudiera estar completa.
Pero entonces recuerdo todo lo que tuve que caminar para llegar hasta aquí.
Todo lo que sufrí, esperé, perdoné e ignoré.
Y entonces ocurre.
No quiero dejar de ser la chica que se entretiene observando la inmensidad de un campo lleno de rosas, o la que camina por la orilla de la playa en busca de consuelo agua-sal. 
Quiero seguir desconcertando a los demás con mi actitud y pensamiento, y quiero continuar entendiéndome más de lo que nadie nunca logrará comprender.
Aún con todas mis batallas perdidas y sonrisas exterminadas, me quedo con quien soy, aunque ello signifique tener que recorrer cada uno de los caminos y atajos de la vida, sola. 

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