Soledad.

Aquélla que te ataca pero que, extrañamente, no te duele, ni te afecta. Sólo arremete contra ti, y tú no puedes hacer más que recibirla con los brazos abierto porque, en el fondo, y de manera recóndita, es lo que siempre has necesitado.

Soledad.

Porque ya estás harta de escuchar cómo los demás creen saber lo que te ocurre, y se erigen portavoces de unos sentimientos que tú no estás dispuesta a dejar que nadie controle.

Incontrolable. 

Esa es la palabra que mejor te define. Indómita, salvaje y triste. Solitaria, letal y real, agasajada por pensamientos que no te dejan caminar hacia delante, y que sólo te hacen pisar el freno y dar marcha atrás hacia un pasado del cual, tú lo único que quieres hacer, es deshacerte.
Nunca elegiste sentirte así, y sin embargo ya no concibes vida sin hacerlo. Porque sabes que si te despojas de lo único que verdaderamente te pertenece, dejarás de ser tú misma para convertirte en el títere sin cabeza de los sin-corazón. De aquéllos que jamás te dejarás desplegar las alas por miedo a que los arrastres en tu huida. 
¿Es eso, acaso, vida? ¿Vivir, pero sin hacerlo? ¿Vivir, con el miedo adherido a los huesos, de sentir que les fallas sin tan siquiera haber empezado a luchar?
Es triste en proporciones abismales, pensar que jamás encajarás por el miedo ajeno a lo desconocido.
Porque disfrutas de una soledad autoimpuesta, y eso les corroe.
Porque eres feliz en la forma en que tú concibes la felicidad, en tu pequeño hueco sin vacíos.

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