Huida.

Siempre he sido mi propia carrera contrarreloj en busca de una salida a todo lo que me hacía daño.
Estaba tan acostumbrada a sembrar sobre roto, que la sola idea de que alguien quisiera cultivar sus esperanzas en una persona como yo, tan desidia y escombro, me producía pavor. Un terror absoluto.
Y huía. Jamás volvía la vista atrás. Huía sin esperar por una mano que me retuviera o unos labios que me susurraran 'quédate.' Huía, porque era lo único que sabía hacer.
Y, ¿sabéis? No dolía. Era lo único que no me hacía daño. Huir.
La soledad era lo único capaz de curar mis vacíos, regenerar las partes rotas que había ido coleccionando a base de decepciones y llenar mis huecos. La total independencia de mis emociones era lo que me mantenía a salvo.
Desenterrar mi fuerza fue lo único capaz de desterrar mi miedo atroz a desgarrar mi propia entereza.
Desterrar mis demonios, fue lo único capaz de enterrar para siempre las cicatrices. 



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