Es, como cuando reniegas de su sonrisa.

Te asfixia y no te deja seguir.
Te come por dentro entender, que sin esa sonrisa no eres nada; hueles a nadie.
Y crees que simplemente es una pesadilla; por lo nuboso. Por lo oscuro.
Pero es tu propio corazón el que dibuja ese paisaje de terror en tu mente, solo por el hecho de un castigo merecido, por no haber seguido esa luz; por la pena de ello.

¿Crees en fantasmas?, te preguntan, tu exhausto, ya casi sin vida.

Creo en que me persigue, respondes tu, ahogado en tu propia decadencia, en tu caída sin límite hacia un abismo donde la felicidad se veda; donde el corazón no late.

Y no sientes la quemazón, hasta que no duele lo suficiente.
Hasta que la distancia no se hace inmensa; hasta que entiendes, que ya nunca más podrás volver.


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