Si aún quema es porque el incendio fue abrasador. Si aún lastima es porque el golpe fue demoledor. Si aún supura es porque la herida sangró. Si aún escuece es porque la cicatriz, al final, se resquebrajó. Y si aún duele.. Si aún duele, es porque existió.
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No me curaste. No me salvaste.
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Te encuentro en recuerdos que ni siquiera sabía que tenía. Te veo en todas aquellas decisiones que no sé si debí tomar; te siento en cada latido que se salta mi corazón cada vez que te pienso; te escondo en cada grieta de mi cuerpo por miedo a que se esfume lo poco que me queda de ti. Y sin embargo, nunca tuve la certeza de tu amor porque jamás fuiste del todo mío. No puedo decir que éramos, porque nunca hubo un tú y yo. Y aún así, en las noches en las que no hallo consuelo me encuentro acudiendo a esa parte de mi que cree, ilusa, que fuimos estrellas, canciones, poesía y vida; a ese resquicio de esperanza que me susurra con anhelo que, tal vez, sí. Que sí me amaste. Que sí me elegiste. Que sí te quedaste.
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A veces siento que vivo en piloto automático. Todo lo que hago lo hago porque tengo que hacerlo, no porque quiera. Hay algo en mi que se activa cuando alguien me habla, y entonces soy todo sonrisas, agudeza y felicidad. Cuando estoy sola, el botón desaparece; por dentro, todo se queda en silencio. Ni siquiera oigo mis propios pensamientos. Joder, se supone que todos tenemos esa voz dentro de la cabeza que nos habla cuando los demás están en mute. La mía está dormida. Cuando estoy sola, estoy totalmente sola.
Soy
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Pero, después de eso, ¿qué? Después de ser, de ser consciente de que soy, dime, ¿ahora qué? ¿Existo sólo porque soy o porque los demás quieren que exista? ¿Existiría si nadie me pensara, si nadie me quisiera? ¿Existirías, tú, que me lees, si no me estuvieras leyendo en este preciso momento? ¿Seguirías siendo el tú de hace unos segundos o ese ya no existe? Dejamos de ser a cada paso que damos para seguir siendo, aún perdiendo parte de nosotros en el camino, dejándonos atrás. Soy, y no. Eres, pero no. Fuimos algo que ya no es. Seremos algo que ahora mismo no somos. ¿Jugamos a vivir sin tener la certeza de estar vivos, o vivimos esperando a que el juego llegue a su fin? Nacemos, vivimos, nos consumimos, queremos, odiamos, volvemos, nos vamos...
Amor
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El amor es aquello que trasciende todo lo que somos, lo que fuimos y lo que algún día seremos. Es todo aquello que nos impulsa, nos eleva, nos libera y nos sana. Te da la mano, te mira a los ojos, ve todo aquello que enseñas y lo que luchas por no mostrar; coge todos tus miedos y los convierte en polvo, en ceniza que vuelve al cosmos para seguir existiendo lejos de ti. Te escribe cartas, te lee poemas, te cuenta historias que ni siquiera sabes que necesitas escuchar... El amor de antes. El amor de ahora. El amor.
Cuando te encuentre.
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Cuando al fin llegue ese momento, no necesitaré máscaras, ni dobleces, ni un telón. Cuando al fin llegue(s), mi vida será tan sencilla que dejaré de pensar desde el dolor, la agonía y la pérdida. Por fin experimentaré aquello que, por ahora, sólo conozco de oídas, de idas y venidas, de sonetos, de poesías... Cuando al fin llegue, se acabará. Y será el final más epico de la historia de los finales, ¿sabes por qué? Porque será el inicio de todo.
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Tengo una sensación de no pertenencia constante, de estar viviendo una vida que no es mía. Me encuentro observando el rompecabezas de mi realidad desde un rincón oscuro lleno de incertidumbre y aspereza, esperando, quizás, esa señal que me indique que todo esto no es más que un mal sueño. Pero no. Estoy demasiado despierta, y es precisamente esa lucidez la que me está aniquilando. Me atropellan los recuerdos, lo que acontece y lo que vendrá, y es esa ansiedad desmedida la que hace que todos mis sentidos entren en modo supervivencia. Me aterra pensar que va a ser así siempre, mi yo que quiere vivir enfrentado en una lucha encarnizada con el yo que quiere rendirse, porque siendo sincera, no sé cual de ellos ganaría.
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Supongo que nuestra historia comenzó conmigo ya decidida a marcharse, pero sin encontrar una salida lo suficientemente duradera para no volver; porque seamos sinceros: yo ansiaba volver. Deseaba con todas y cada una de mis terminaciones nerviosas volver a ese páramo hastío disfrazado de amor, y aún así, también anhelaba marcharme de allí sin dejar rastro, no volver a ver tus ojos del color de la zinnia que me instaban a necesitarte cuando lo único que hacían era robarme toda la luz. Te juro que nunca sabré por qué me elegiste, por qué decidiste que yo tendría que luchar a muerte contra la negrura, la soledad y la duda. Yo no era el motivo de tu oscuridad. Era la cura. A veces me descubro pensando en ti incluso cuando no quiero, incluso cuando pensarte es un recordatorio constante de que el infierno habita en la tierra y que los demonios sí que pueden tener alma. Es descorazonador saber que entregué todo el amor que tenía a una persona que no supo que hacer con el.
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Aún recuerdo esos tiempos en los que 'aceptamos el amor que creemos merecer' era mi mantra, una forma de decirme a mi misma que todo estaba bien. No podría haber estado más equivocada. No. No aceptamos el amor que creemos merecer. No lo hacemos, porque yo creo que merezco un amor que arrase, que destruya muros, que provoque caos y calma al mismo tiempo, que haga de las vulnerabilidades , fortalezas; que me haga florecer. Y sin embargo, he aceptado migajas, rastrojos; he aceptado las ruinas de lo que creía que era el amor para darme de bruces con una realidad que me revuelve el estómago: no sé si alguna vez me han querido como me merezco.
He construido un muro tan alto para protegerme del dolor que ni siquiera yo soy capaz de saltarlo.
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Siempre he sentido una atracción irremediable hacia aquello que sabía que estaba destinado a destruirme, un gusto voraz por lo roto y lo astillado.
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Por eso no me sorprendió acabar enamorándome de él. No hubo destino lo suficientemente esquivo capaz de evitar que mis heridas no acabaran encontrando un lugar donde san(gr)ar. Supongo que, de forma no irónica, el universo conspiró para que nuestras almas chocaran la una con la otra, esparciendo nuestro dolor por aquellos abismos a los que antes habíamos llamado hogar.
Rebirthing
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El principio de todo lo que conozco se quedó pequeño cuando empezaste a existir. Cuando tú descubriste mi mundo, o él te descubrió a ti. Vagué de vacío en vacío sin pensar en las consecuencias de todo lo que guardaba dentro; viví mentiras y desoí verdades pensando que aquello me curaría; conocí nieblas y sombras y confíe en sus promesas, aún cuando sabía que todo aquello me conducía de lleno a una trampa sin retorno. Pero entonces, desperté. Sin finales. Sin túneles. Tu luz no me cegó. Me salvó. Y ahora siento que soy invencible. Insondable. Me reflejo en los ojos del miedo, iridiscente. Y no dejaré que ningún abismo, por más oscuro que sea, vuelva a cambiar eso.
Soy defectuosa.
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No soy lo que se espera de mi. Nunca parezco ser suficiente. Y os juro que lo intento. Intento ser todas y cada una de las personas que debo ser en distintas situaciones. Intento ser la que acoge. La que tiene el hombro disponible a todas horas para cualquier alma que quiera llorar. Intento ser la que anima. La que sabe qué palabras usar y de qué forma decirlas para animar cualquier corazón. Intento ser la que ríe. La que contagia alegria y júbilo ante circunstancias adversas porque joder, la risa puede llegar a curarlo todo, o al menos se acerca. Intento ser la que ama. La que ante cualquier situación, por encima de cualquier cosa, entrega todo su ser a otros sin pedir nada a cambio, porque así concibo yo el amor. Intento ser la que guía. La que ayuda a aquella personas que se sienten perdidas. Intento ser Faro de Alejandría. Pero a veces, mi mecanismo falla. Algo en mi se quiebra. El motor deja de funcionar. Los engranajes chocan entre sí de manera equivocada. Estoy rota. ...
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Empezó siendo un error, de esos que todos alguna vez hemos cometido. Me cegó la codicia. Ansiaba tenerlo. Tanto, que olvidé dejar de nuevo el corazón en esa caja pandoriana que siempre había velado por mi, que nunca dejaba que me astillase. Me llamé tonta. Me creí perdida. Entonces lo vi. Lo curioso es que ya nos habíamos mirado antes, pero no logramos vernos. Habíamos empezado la partida con una venda en los ojos. No podíamos ganar. No sabíamos hacerlo. Pero ahora lo veía. Ahora si podía verlo. Y lo que vi...lo que vi me rescató del infierno. Alcé las manos, deseosa de aquél tacto que sabía que podría reiniciarme. Alcé la mirada a esos ojos de color tierra fértil, preparados para ser sembrados sobre todo aquello que estuviese roto. No los miré. Los vi. Y por eso ahora estoy a salvo.
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Nunca he estado muy cuerda. Es un hecho. Lo es, si estarlo implica ser una más del vagón. La que no grita ante una injusticia o mira hacia otro lado cuando alguien la necesita. La que observa el mundo arder y se enciende un cigarro con las llamas mientras la tierra llora. La que disfruta del sufrimiento ajeno porque, claro: si les pasa a ellos, no me pasa a mi. La que todo el rato se refugia tras la máscara de mediocridad a la que nos acostumbran desde pequeños, porque si sobresales, eres raro. La que maquilla sus palabras para agradar a todo el mundo, o la que adorna sus deplorables actos con aquella cantina de 'es que yo soy así'. La que camina por ese precipicio al que llamamos vida de puntillas, por si acaso, como si el hecho de arrasar con cada piedra, canto o grieta no fuese el sentido mismo de vivir. La que no tropieza jamás con el mismo dolor porque es de débiles; la que no se permite llorar jamás. Es cierto. Nunca he estado muy cuerda. Y así es com...
Vuelvo.
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Siempre vuelvo. Al principio de lo que fui, al comienzo de ese limbo; lleno de ninguna certeza y muchas dudas que dejé de poder ver al abrir los ojos. A la desazón por lo conocido, al asombro de lo que aún no conocía y al cobijo de lo que acabaría siendo. Vuelvo a mi. Siempre a mi. Y escribo por puera inercia porque jamás pude controlar ese anhelo. Tatúo cada palabra con tinta muy negra aunque sé que va doler. Entrego mi corazón a sabiendas de que jamás va a volver.