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The heart wants what it wants..

No me canso de escribirte. Estoy harta de sentir que no te pertenezco, como si con cada calada de aire no te estuviera respirando. Hay muchos que ya no creen en ti, porque eres tan impredecible y desconcertante que es más fácil pretender que no existes, que sólo eres fruto de anhelos sin fundamento o de mentes demasiado soñadoras para asumir su realidad. Pero yo te siento siempre cerca, como una sombra de la mía propia, y jamás he dejado de creerte. Nunca he dejado de verte al otro lado de mis pensamientos, de sentirte en los labios de la persona que amo, de notar tu calor con cada abrazo, cada caricia, cada beso. Eres una constante en mi vida. Me llaman inconsciente, ingenua, creen que no conozco el final de mi propio cuento, que vivo saltando de dolor en dolor sin conocer la recompensa que supone que existas. Te leo en cada libro, te veo en cada fotograma, te huelo en el perfume de mi persona favorita en el mundo. Siempre estás. Y ya no sé si soy capaz de concebir un m...
Nadie dijo que fuese fácil. No venimos con un manual de instrucciones bajo el brazo que nos indique mientras crecemos de qué manera evitar que nos dañen o cómo intentar no herir a los demás. Tampoco nos enseñan cual es la mejor manera de mostrar nuestros sentimientos, y de cómo actuar si éstos no son correspondidos. Nadie nos dice que va a ser tan complicado querer, o que nos quieran. Jamás nos enseñan a despiezar el corazón y darle su sitio al amor.  Por eso siempre creemos que duele. Porque tardamos lo que parece una eternidad en encontrarle un sentido, y a veces, cuando lo hacemos, es demasiado tarde.  No, nadie dijo que fuese fácil. Pero tampoco nadie dijo que no siguiéramos intentándolo.  No todo final es un final. La mayor parte de las veces no es más que otro comienzo. 
Eres mi aguacero particular. Desde que llegaste, calaste en mi sin dejarte ni un sólo rincón por conquistar. Tu agua sació mi sed, cada gota de lluvia logró traspasar el muro que yo creía impermeable, que yo había creado para protegerme de todo aquello que quisiera sacarme de mi zona de confort.  Cruzaste la puerta sin miedo a lo que pudieras encontrar detrás, como un kamikaze. Luchaste contra todos mis monstruos sólo con abrazarme. Nunca necesitaste una espada para vencerlos. Tu verdadera fuerza siempre residió en existir.  Volvería mil veces a dejar que tu tormenta arrasara mis miedos.  Que existas fue la tempestad. Conocerte fue el relámpago. Dejaría que el huracán que son tus besos abrasara mi boca toda la vida si eso fuera garantía suficiente de no volvernos a separar.
Caen chuzos de punta tras la máscara, y sigo pensando que el invierno es demasiado eterno aquí dentro, y que el corazón ha latido demasiadas veces por manos que no supieron acunarlo. Voy, y vengo, como un tiovivo de emociones eternas que no se cansan de recordarme que, aunque me recojan tras la tormenta, estoy sola. Sola, perdida entre recuerdos de mi yo pasado, la que era capaz de reconocerse en el espejo sin sentir vacío o vergüenza. Aniquilada por una fuerza mucho más poderosa que el amor que me desalienta y recuerda, de nuevo, que estoy sola. Que no formo parte de nadie porque no calo lo suficiente. Que no reparo ningún mundo ajeno porque yo misma sigo rota. Camino y camino sin un rumbo fijo esperando por algún milagro que me haga recobrar la sonrisa; la de verdad. La que no tengo que fingir para hacer felices a los que amo. La que no tengo que fingir para engañarme más. Y lo único que encuentro son pedazos de mi antigua yo desperdigados por el frío suelo de mi memoria, el reflej...
Somos como la materia. Ni nos creamos, ni nos destruimos. Eternos, como el tiempo. Al encontrarnos, nos hicimos esto. Amantes eternos condenados a vagar por la tierra con el único fin de abrazarnos hasta extinguir el miedo; hasta anestesiar el dolor. Febriles y locos el uno por el otro, amando cada recoveco, cada hueco, cada grieta.  Muertos, resurgimos. Rotos, encajamos. Y te juro que te amo tanto...
He comprendido, después de todo, que el corazón siempre se queda donde se siente a salvo.  Que el paracaídas sólo se abre con el tacto de las manos correctas, y la caída nunca es en picado cuando son los brazos adecuados los que te sostienen. A pesar del daño, y de los tropiezos, sigo creyendo en la magia de los encuentros. De los no finales, y del amor eterno. Sigo creyendo en el querer por querer, sin pedir nada a cambio, por el simple placer de sentir algo tan puro dentro, el corazón estallando de júbilo y el alma en paz, serena y llena de luz. Sigo creyendo en que existe un hogar dentro de otra persona para cada uno de nosotros. Un chocolate caliente, una manta frente al fuego y un buen libro. La compañía de quien nos abriga en los momentos de zozobra y de quien celebra con nosotros los momentos de felicidad. El sentimiento embriagador de no saberse de nadie más que de uno mismo y de ese instante en el que te miras en los ojos de tu persona, y te observas inmenso, impara...
Creíamos en el amor roto. En los recovecos en el corazón como firme sentencia de muerte por latidos. En la condena eterna de dos amantes destinados a encontrarse en un camino de karma constante, de daños colaterales, de martirios interminables, de calamidades, de vacío y huecos. Creíamos en el dolor. Por eso fue tan puro encontrarnos. Volver a ver el fuego de los que veían de nuevo el calor de un abrazo en los ojos del otro. El refugio. El hogar. Construimos ladrillo a ladrillo un fuerte tan poderoso y resistente que desde fuera todos observan con recelo y cierto desaire. Somos tan tú y yo juntos, que podemos ser cualquier cosa.